El video como primer contacto en las Instituciones Educativas
- Santiago

- 22 ene
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Hubo un día en que las aulas quedaron en silencio. No por vacaciones, no por huelgas, sino porque, de un momento a otro, la educación presencial dejó de ser posible. Las puertas se cerraron, los pasillos quedaron vacíos y miles de instituciones tuvieron que enfrentarse a una pregunta incómoda: ¿cómo seguir enseñando cuando ya no se puede recibir a los estudiantes?
Lo que siguió fue una carrera contra el tiempo. No se trataba solo de trasladar clases a plataformas digitales, sino de reconstruir por completo la forma en que las instituciones se comunicaban con sus alumnos actuales y futuros. En ese escenario, el video pasó de ser un recurso complementario a convertirse en una infraestructura esencial.

El problema no era la tecnología, era el relato
Muchas universidades ya contaban con plataformas educativas, sistemas de videollamadas y entornos virtuales. Sin embargo, pronto se hizo evidente que la tecnología por sí sola no resolvía el problema principal: cómo explicar programas, procesos, metodologías y experiencias sin el contacto físico que antes lo sostenía todo.
Las ferias educativas se cancelaron. Las visitas guiadas desaparecieron. Las pláticas informativas dejaron de existir. Y con ello, uno de los principales motores de captación de estudiantes se evaporó en cuestión de semanas.
La solución no estaba únicamente en transmitir clases por videoconferencia, sino en construir un nuevo lenguaje audiovisual capaz de reemplazar, al menos en parte, la experiencia presencial. Microexplicaciones de programas, mensajes de coordinación académica, clases muestra grabadas, entrevistas con docentes y testimonios de alumnos comenzaron a ocupar el lugar que antes tenían los auditorios llenos.
Producción acelerada, pero con consecuencias reales
Durante los meses más intensos de la pandemia, muchas instituciones produjeron más contenidos audiovisuales que en toda la década anterior. No por estrategia, sino por necesidad. El objetivo era claro: mantener la matrícula, evitar deserciones y seguir siendo relevantes en un entorno donde todas las opciones educativas competían en la misma pantalla.
Pero producir no era suficiente. El desafío era producir con claridad, coherencia y credibilidad. Un mal video no solo no ayuda, sino que puede afectar la percepción de calidad académica. En educación, la forma comunica tanto como el contenido.
En este contexto, comenzaron a consolidarse modelos de producción en serie: equipos grabando múltiples programas en pocos días, docentes aprendiendo a hablar frente a cámara, coordinadores académicos adaptando discursos pensados para auditorios a formatos de dos o tres minutos. La educación se volvió, sin proponérselo, un enorme set de producción.
El impacto silencioso en los procesos de admisión
Aunque pocas veces se discute públicamente, uno de los mayores usos del video durante la pandemia fue en los procesos de admisión. Cuando ya no era posible recibir a los aspirantes en campus, el contenido audiovisual se convirtió en el principal mediador de confianza.
Las instituciones que lograron mostrar con claridad sus programas, su profesorado y su enfoque pedagógico tuvieron mayor capacidad de sostener sus inscripciones. No porque el video convenciera por sí solo, sino porque reducía la incertidumbre. Permitía al estudiante imaginarse dentro del programa, entender la estructura académica y percibir profesionalismo.
En muchos casos, estos materiales continuaron utilizándose incluso después del regreso parcial a la presencialidad, demostrando que no eran soluciones temporales, sino activos estratégicos reutilizables.
Del contenido de emergencia a la estrategia permanente
Con el tiempo, muchas instituciones comprendieron que el video no debía limitarse a momentos de crisis. La producción audiovisual comenzó a integrarse de forma más estable en planes de comunicación, educación continua y posicionamiento institucional.
Aparecieron nuevas necesidades: cursos híbridos, programas internacionales, diplomados online, capacitación corporativa, formación interna. Todos estos modelos dependen de una base sólida de producción de contenidos.
Lo que comenzó como una respuesta urgente terminó transformándose en una nueva normalidad: las instituciones educativas operando, en parte, como productoras de conocimiento audiovisual.
El reto de mantener la calidad
Este crecimiento también trajo un desafío: cómo sostener estándares de calidad en volúmenes de producción cada vez mayores. Grabar una clase no es lo mismo que diseñar un contenido pedagógico audiovisual. Comunicar un programa académico requiere entender tanto la lógica educativa como la narrativa audiovisual.
Por esta razón, muchas instituciones comenzaron a apoyarse en proveedores externos especializados que pudieran integrarse a sus procesos internos, respetar protocolos académicos y mantener coherencia visual entre campañas, plataformas y materiales educativos.
La producción audiovisual educativa dejó de ser un servicio genérico para convertirse en una especialidad con dinámicas propias.
Más allá de la promoción: construir identidad académica
Quizá uno de los efectos menos visibles, pero más profundos, fue el impacto del video en la identidad institucional. Al documentar procesos, entrevistar docentes, registrar clases y mostrar proyectos, las universidades comenzaron a verse a sí mismas desde otra perspectiva.
El video no solo mostraba lo que la institución ofrecía, sino cómo lo hacía. Revelaba metodologías, estilos de enseñanza, vínculos con el entorno y prioridades académicas. En muchos casos, estos materiales sirvieron también para procesos internos de evaluación y mejora.
Así, el contenido audiovisual dejó de ser únicamente una herramienta de marketing para convertirse en parte de la memoria institucional.
Lo que quedó después de la emergencia
Hoy, con la presencialidad recuperada en gran parte del mundo, el aprendizaje que dejó la pandemia sigue marcando el rumbo de la educación. Las expectativas de los estudiantes han cambiado: ahora esperan encontrar información clara en video, acceso a clases grabadas, comunicación digital fluida y experiencias formativas híbridas.
Las instituciones que entendieron este cambio no han vuelto atrás. Siguen invirtiendo en producción audiovisual porque han comprobado que no se trata de una moda, sino de una infraestructura educativa tan importante como los laboratorios, las bibliotecas o las plataformas virtuales.
Una transformación que continúa
La pandemia no creó la digitalización educativa, pero la aceleró de forma irreversible. En ese proceso, el video pasó de ser un recurso ocasional a convertirse en uno de los principales vehículos de enseñanza, comunicación y posicionamiento.
Hoy, pensar la educación sin una estrategia audiovisual sólida es tan impensable como concebirla sin docentes o sin planes de estudio. La diferencia es que ahora, además de formar profesionales, las instituciones también cuentan historias: historias de aprendizaje, de transformación y de comunidad.
Y esas historias, cada vez más, se cuentan en formato audiovisual.
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